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El universo se expande

Como todas las tardes me tumbo en el sofá dispuesto a hacer la siesta; es Agosto y he decidido pasar todo el tiempo que pueda zascandileando. Como no me he ido de veraneo, procuro que mi mayor esfuerzo sea poner una peli en el DVD o levantar un libro o un vodka con limón: estas son mis vacaciones. El blog lo he visto de pasada, pero me daba pereza, como también la tele, los telediarios, la playa o las rebajas. Así que me tiendo en el sofá, enciendo el ventilador de techo, adopto mi postura favorita y espero que los gatos hagan lo mismo, que no me molesten, por tanto.

Lo que más me gusta de la siesta son los primeros minutos, la primera fase: en estado de semiconsciencia comienzan a flotar a mi alrededor posibles desvaríos apenas figurados, débiles fogonazos de probables historias en las que sumergirme. Esto no me ocurre con el sueño de la noche, ahí todo es más compacto, más designado, ajeno a mi voluntad consciente. En cambio, en los primeros momentos de la siesta me siento más lúcido: floto en el vacío tocando el vacío, soy parte de él, junto con infinitas pequeñas historias.

De esta manera, convergen y se entremezclan, por ejemplo, el libro que leí ayer y alguna de las noticias que quedaron prendidas en algún punto del pasado (también  del mío):

“El vacío no está realmente tan vacío, hay partículas que se crean y se destruyen continuamente, que existen solo durante un tiempo muy breve. Asociada a estas partículas hay una energía que compensa los efectos de atracción gravitatoria, acelerando el ritmo al que se está expandiendo el universo desde que se originó , en el Big-Bang” (La energía oscura)

“Los horrores de Machen son muy sutiles. Dependen en buena medida de la asociación de ideas. De la conjunción de ideas. De la capacidad para unirlas. Usted puede no asociar nunca dos ideas de modo que le muestren su horror, el horror de cada una de ellas, y así no conocerlo en toda su vida. Pero también puede vivir instalado en él si tiene la mala suerte de asociar continuamente las ideas justas”

“Davi Kopenawa saca una bolsa de plástico y extrae una especie de pelota negra que coloca bajo su labio superior. Es la hora de mascar tabaco. “No queremos dar nuestra tierra a los blancos porque los blancos ya tienen mucha tierra”, dice. “Nosotros somos los que la protegemos, las personas de la ciudad talan árboles. El hombre blanco ama el dinero, el avión, el coche. Nosotros pensamos diferente. Allí el cielo siempre es limpio, bello, lleno de estrellas. Lo que más me gusta es mirar la selva”. Kopenawa se recuesta en la silla. Lleva pintura roja en la cara, corona de plumas, collar. Viste camisa, vaqueros y zapatillas deportivas. Calcula que nació en torno a 1956”

“La amenaza lleva varias temporadas instalada en las pasarelas, pero nunca ha parecido tan real como ahora. Las hombreras, una vez infame símbolo de lo más hortera de los años ochenta, están listas para volver a nuestros armarios. Pero ¿lo estamos nosotros? El crecimiento de las hombreras debe ser una relación inversamente proporcional con el exceso en el resto del atuendo. Entre las prendas susceptibles de asumirlas, Damián Sánchez, director creativo de Mango, cita a las recurrentes americanas, pero también a “limpios vestidos sofisticados, así como blusas y top”. En opinión de Bárbara Martelo, estilista española, “cuesta mucho acostumbrarse a llevarlas: te chocas con la gente y no calculas bien las distancias”.

Fuentes:

Todas las almas, Javier Marías

Tocar el vacío: energía oscura y supernovas

La batalla de los indígenas

¿Está el mundo listo para las hombreras?

Reflexiones globales

1. Pongamos que voy al Consum de compras, en concreto a la sección de congelados. Elijo el pescado de oferta: Perca, origen Tanzania. Cuando llego a casa, busco en Internet información acerca de este exótico pescado y me encuentro con el documental La pesadilla de Darwin. De esta manera, compruebo cómo un simple acto cotidiano puede influir en las condiciones de vida (o muerte) de personas que viven en lugares que nunca visitaremos y de generaciones que no conoceremos jamás. En el documental, la Perca del Nilo se nos presenta como la más cruda metáfora de la globalización: un pez depredador que, introducido en un nuevo hábitat, acaba transformando o destruyendo toda forma de vida local. Su implantación supone un negocio rentable para las compañías extranjeras que comercian con las élites locales y un desastre para todos aquellos nativos (en su mayoría pescadores) que vivían al rededor del Lago Victoria. La destrucción de formas de vida tradicionales (la tabla rasa de la que habla Naomi Klein) trae consigo la desintegración de la sociedad, cuyos habitantes son avocados a la explotación, la marginalidad, la prostitución o la violencia. 

2. La globalización no está exenta de contradicciones y no puede entenderse sino como un término simplista y confuso. Así, mientras nos hacemos ciudadanos del mundo y celebramos una conciencia global, perdemos otra que podríamos llamar vertical: la de nuestras raíces, nuestro pasado y las tradiciones de nuestros sitios de origen. Y, al igual que la caída del Muro de Berlín es vista como el símbolo de un mundo abierto y globalizado, los muros se están convirtiendo en el símbolo del futuro: lujosas zonas residenciales superprotegias, rodeadas por un muro que las separa de aquel otro mundo “oscuro, peligroso e invisible” (ver La zona, El bosque).

 

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