1. Pongamos que voy al Consum de compras, en concreto a la sección de congelados. Elijo el pescado de oferta: Perca, origen Tanzania. Cuando llego a casa, busco en Internet información acerca de este exótico pescado y me encuentro con el documental La pesadilla de Darwin. De esta manera, compruebo cómo un simple acto cotidiano puede influir en las condiciones de vida (o muerte) de personas que viven en lugares que nunca visitaremos y de generaciones que no conoceremos jamás. En el documental, la Perca del Nilo se nos presenta como la más cruda metáfora de la globalización: un pez depredador que, introducido en un nuevo hábitat, acaba transformando o destruyendo toda forma de vida local. Su implantación supone un negocio rentable para las compañías extranjeras que comercian con las élites locales y un desastre para todos aquellos nativos (en su mayoría pescadores) que vivían al rededor del Lago Victoria. La destrucción de formas de vida tradicionales (la tabla rasa de la que habla Naomi Klein) trae consigo la desintegración de la sociedad, cuyos habitantes son avocados a la explotación, la marginalidad, la prostitución o la violencia.
2. La globalización no está exenta de contradicciones y no puede entenderse sino como un término simplista y confuso. Así, mientras nos hacemos ciudadanos del mundo y celebramos una conciencia global, perdemos otra que podríamos llamar vertical: la de nuestras raíces, nuestro pasado y las tradiciones de nuestros sitios de origen. Y, al igual que la caída del Muro de Berlín es vista como el símbolo de un mundo abierto y globalizado, los muros se están convirtiendo en el símbolo del futuro: lujosas zonas residenciales superprotegias, rodeadas por un muro que las separa de aquel otro mundo “oscuro, peligroso e invisible” (ver La zona, El bosque).